La Lengua de Tácita Muta por Angélica Cristiani
Hace unos días, en uno de mis recorridos por la zona norte de Veracruz, hice una parada en Coatzintla. Confieso una debilidad que no me avergüenza: el zacahuil de la Güera. Desde la primera vez que lo probé supe que tendría que regresar. Hay sabores que se quedan viviendo en la memoria igual que ciertas canciones o ciertos amores imposibles. El de la Güera es uno de ellos.
La gastronomía de Coatzintla tiene esa rara virtud de hacer sentir en casa a quien llega de fuera. Su gente también. Hospitalaria, franca y poseedora de una memoria colectiva que suele ser mucho más precisa de lo que imaginan algunos políticos.
Mientras compartía mesa y conversación con habitantes del municipio, entre anécdotas, preocupaciones cotidianas y comentarios sobre el futuro de la región, apareció inevitablemente un nombre: César Ulises García Vázquez.
No fue una conversación organizada ni un debate político formal. Fue algo mucho más valioso: la opinión espontánea de quienes han visto pasar administraciones, campañas, promesas y desencantos.
Y entonces recordé que la política, como los ríos, tiene memoria. Aunque sus aguas parezcan nuevas, debajo de la superficie siguen viajando las piedras que el tiempo no logró mover.
Los recientes intentos de cercanía de César Ulises con la gobernadora Rocío Nahle ha despertado más preguntas que certezas entre algunos sectores de Coatzintla. No porque acercarse al poder sea algo extraño, la política vive precisamente de las alianzas, sino porque la memoria ciudadana suele ser más obstinada que los discursos.
Entre plato y plato de zacahuil, varios habitantes recordaban que hace no mucho tiempo el viento parecía soplar hacia otra dirección.
Cuando el exalcalde aún ocupaba el poder municipal, las señales políticas parecían apuntar hacia Manuel Huerta Ladrón de Guevara. Su presencia en el municipio era constante. Los mensajes públicos parecían evidentes. Los gestos de respaldo también.

Hoy, sin embargo, el mapa parece dibujado con tinta distinta.
Y entonces surge la pregunta filosófica que acompaña a toda vida pública: ¿qué permanece cuando cambia todo lo demás?
Heráclito decía que nadie se baña dos veces en el mismo río porque ni el río ni la persona son los mismos. Quizá tenga razón. Todos cambiamos. Las circunstancias cambian. Las ideas evolucionan.
Pero una cosa es evolucionar y otra muy distinta es mudar de piel tantas veces que ya nadie recuerde cuál era el rostro original.
La congruencia no consiste en permanecer inmóvil. Los árboles crecen. Los ríos cambian de cauce. Las personas aprenden. La congruencia consiste en poder explicar por qué se tomó cada curva del camino sin necesidad de borrar las huellas anteriores.
Por eso algunos ciudadanos recuerdan también aquella reunión con Héctor Yunes antes de concluir la administración pasada. Recuerdan los acercamientos políticos de distintos momentos. Recuerdan las alianzas que parecían sólidas y las convicciones que parecían inamovibles.

Y la memoria, cuando se acumula, termina convirtiéndose en espejo.
El problema de los espejos es que no tienen partido.
No son morenistas, priistas, panistas ni independientes.
Simplemente reflejan.
Quizá por eso la política mexicana atraviesa una crisis tan profunda de confianza. Durante años se nos enseñó que cambiar de bando era estrategia, que modificar discursos era habilidad y que acomodarse a las nuevas circunstancias era inteligencia política.
Pero en las calles de Coatzintla escuché una pregunta mucho más sencilla y mucho más poderosa: ¿en qué momento una estrategia deja de ser estrategia para convertirse en oportunismo?
No tengo una respuesta absoluta.
Lo que sí sé es que la confianza pública se parece al barro con el que se cuecen los hornos tradicionales: requiere paciencia, tiempo y cuidado para tomar forma. Pero basta una mala decisión para que aparezcan las grietas.
Quizá César Ulises tenga razones legítimas para sus actuales posicionamientos. Quizá exista una explicación política, ideológica o personal detrás de cada movimiento. La cuestión no es prohibir el cambio.
La cuestión es explicar el viaje.
Porque los ciudadanos no están obligados a seguir a quienes cambian de rumbo. Pero quienes han ejercido el poder sí tienen la responsabilidad de explicar por qué abandonaron un puerto para dirigirse a otro.
Al final, los cargos terminan. Las administraciones concluyen. Las fotografías se vuelven amarillas. Los grupos políticos se transforman.
Lo único que permanece es la historia.
Y mientras terminaba el último bocado de zacahuil, observando el movimiento tranquilo de Coatzintla, pensé que la historia siempre hace la misma pregunta, tarde o temprano:
¿Las convicciones eran raíces profundas… o simplemente hojas movidas por el viento?
