15 octubre, 2026
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Cuando el agua baje, que no se nos seque la memoria

Hay ciudades que se conocen caminándolas.

A Xalapa también hay que conocerla bajo la lluvia.

Porque cuando llueve de verdad, cuando el cielo parece romperse sobre los tejados y el agua comienza a bajar por las calles con esa prisa que sólo tiene aquello que no pide permiso, la ciudad se desnuda.

Entonces aparecen nuestras virtudes.

Y también nuestras omisiones.

La noche del lunes 28 de septiembre volvió a recordárnoslo.

El río Carneros se desbordó. El agua entró en calles, casas, negocios. San Bruno volvió a escuchar ese sonido que conoce demasiado bien: el del agua empujando puertas, arrastrando basura, subiendo banquetas, convirtiendo en minutos lo cotidiano en emergencia.

Y en medio de todo ocurrió aquello para lo que ninguna ciudad encuentra palabras suficientes.

Joselyn tenía 23 años.

Había ido a trabajar.

No volvió a casa.

Fue localizada dentro de Hiper San Bruno después de quedar atrapada durante la inundación. Los cuerpos de emergencia entraron al inmueble para buscarla y sacarla. Ya no tenía signos vitales. Las circunstancias precisas de su muerte deberán esclarecerse con seriedad y respeto.

Pero hay algo que no necesita investigación:

23 años son demasiado pocos años para convertirse en recuerdo.

Pienso en su familia.

En esa llamada que nadie debería recibir.

En una cama que quedó tendida.

En alguna conversación interrumpida.

En los pequeños objetos que de pronto adquieren una importancia insoportable cuando alguien falta.

Porque las tragedias tienen cifras para las autoridades, pero para las familias tienen nombres.

Y éste es uno:

Joselyn.

Por eso sería terrible que dentro de unos días, cuando salga nuevamente el sol, hagamos lo que tantas veces hacemos.

Olvidar.

Porque también tenemos una extraordinaria capacidad para secarnos la memoria.

Hoy compartimos fotografías.

Mañana comentamos los daños.

Pasado mañana regresamos al tráfico, al trabajo, al café, a la prisa.

Y San Bruno vuelve a esperar la siguiente lluvia.

No debería ser así.

Pero tampoco sería justo contar esta historia solamente desde el reproche.

Porque mientras muchos buscaban cómo salir del agua, hubo personas que entraron en ella.

Policías.

Paramédicos.

Rescatistas.

Personal de Protección Civil.

Trabajadores municipales y estatales.

Voluntarios.

Vecinos ayudando a vecinos.

Personas que probablemente también tenían miedo y, aun así, caminaron hacia donde otros intentaban escapar.

Hay algo profundamente hermoso en esa contradicción humana:

cuando todo nos dice que corramos, algunos deciden quedarse para ayudar.

A ellos hay que agradecerles.

No como frase protocolaria.

Hay que mirarlos.

Recordar que debajo de los uniformes hay cuerpos cansados, familias esperando, zapatos empapados, manos cargando desconocidos.

Reconocerlos también es construir ciudadanía.

Pero agradecer a quienes enfrentan una emergencia debería llevarnos a una pregunta todavía más importante:

¿qué podemos hacer para que la próxima vez tengan menos personas que rescatar?

Porque una ciudad no puede vivir solamente reaccionando.

También tiene que aprender.

San Bruno lleva décadas intentando aprender a convivir con el río Carneros. Se han construido colectores sanitarios y pluviales, se han invertido recursos y se han ejecutado distintas etapas de infraestructura hidráulica.

Y hay un dato que merece ser rescatado del lenguaje frío de los documentos técnicos.

Información de CMAS contemplaba, incluso después de las obras realizadas, la necesidad de desarrollar a largo plazo redes pluviales complementarias para alcanzar un sistema integral.

Tal vez ahí existe una pregunta mucho más útil que buscar culpables apresuradamente.

¿Terminamos alguna vez ese rompecabezas?

Quizá durante años discutimos si un colector funcionaba o no, cuando deberíamos haber preguntado si era apenas una pieza de algo mucho mayor.

Porque una ciudad se parece bastante al cuerpo humano.

Una arteria no salva al organismo si las demás están obstruidas.

Un colector no puede cargar solo con toda una cuenca.

Una obra no puede sustituir a un sistema.

Y ningún gobierno debería tener que comenzar nuevamente desde cero aquello que otro dejó avanzado.

Las ciudades sobreviven a las administraciones.

Los ríos también.

Por eso ésta no debería ser una historia para arrojar culpas al presente.

Debería ser una oportunidad para mirar hacia atrás, revisar lo construido y decidir qué necesitamos hacia adelante.

Saber qué existe.

Qué falta.

Qué debe mantenerse.

Qué necesita ampliarse.

Qué proyecto quedó pendiente.

Y qué debemos hacer juntos para que dentro de diez años ningún periodista tenga que volver a escribir esta misma columna cambiando únicamente la fecha y el nombre de la víctima.

Pero hay otra parte de esta conversación que quizá nos incomode más.

Nosotros.

Los ciudadanos.

Porque es muy fácil imaginar la ciudad como una enorme ventanilla de servicios donde depositamos impuestos y recibimos soluciones.

Pero la ciudad también comienza en la puerta de nuestra casa.

En la bolsa de basura que no arrojamos.

En la coladera que no tapamos.

En el río que no convertimos en basurero.

En el árbol que defendemos.

En el vecino al que ayudamos.

En el reporte que hacemos antes de que el problema sea una emergencia.

Una botella parece insignificante.

Una bolsa parece insignificante.

Una envoltura parece insignificante.

Hasta que miles de cosas insignificantes se encuentran en una alcantarilla mientras cae una tormenta.

Entonces nuestra indiferencia también sabe nadar.

Y aquí aparece una pregunta que me ha acompañado desde aquella noche:

¿qué significa realmente ser ricos?

Nos enseñaron que rico era quien acumulaba.

Dinero.

Casas.

Autos.

Propiedades.

Poder.

Quizá nos enseñaron mal.

Tal vez una ciudad rica sea aquella donde podemos dormir mientras llueve.

Donde una madre sabe que su hija regresará del trabajo.

Donde los bomberos tienen equipo suficiente.

Donde Protección Civil tiene recursos.

Donde los ríos están limpios.

Donde las obras públicas se terminan aunque cambien los gobiernos.

Donde los colectores reciben mantenimiento.

Donde el dinero público se transforma en tranquilidad.

Porque sí, la corrupción mata mientras enriquece a otros.

No hablo específicamente de San Bruno ni afirmo que exista evidencia de corrupción detrás de esta tragedia.

Hablo de nosotros como sociedad.

De entender de una vez que el dinero público no es una abstracción.

Cada peso tiene detrás una posibilidad humana.

Puede convertirse en una alcantarilla.

En una ambulancia.

En un medicamento.

En un puente.

En un colector.

En el salario de un paramédico.

En una alerta que llegue cinco minutos antes.

Y cinco minutos, algunas noches, pueden ser la diferencia entre una tragedia y alguien regresando a casa.

Por eso cuidar lo público también es cuidarnos.

Exigir transparencia es ciudadanía.

No tirar basura es ciudadanía.

Reconocer a quien sirve bien es ciudadanía.

Señalar lo que falta es ciudadanía.

Ayudar durante una emergencia es ciudadanía.

Preguntar qué pasó con una obra también es ciudadanía.

No necesitamos vivir permanentemente enfrentados para construir una ciudad mejor.

Necesitamos algo quizá más difícil:

sentirnos responsables unos de otros.

Porque Xalapa no pertenece al Ayuntamiento.

No pertenece a un partido.

No pertenece a una administración.

Xalapa nos pertenece a quienes vivimos aquí.

Y nosotros también le pertenecemos un poco a ella.

A sus árboles.

A sus calles imposibles.

A su neblina.

A sus cerros.

A sus ríos que todavía respiran debajo del concreto.

A esa lluvia que tanto amamos cuando golpea suavemente las ventanas y que tanto tememos cuando encuentra una ciudad que no estaba preparada para recibirla.

Cuando el agua baje, limpiaremos el lodo.

Abriremos nuevamente los negocios.

Los coches volverán a pasar.

San Bruno volverá a llenarse de ruido.

Y entonces comenzará nuestra verdadera prueba.

Recordar.

Recordar a quienes salieron durante la tormenta para ayudar.

Recordar las obras que todavía necesitamos.

Recordar que la basura que soltamos no desaparece mágicamente.

Recordar que una ciudad se cuida todos los días, no solamente cuando está bajo el agua.

Y recordar, sobre todo, que detrás de las palabras saldo, afectaciones o víctimas existen personas.

Esta vez una de ellas tenía 23 años.

Se llamaba Joselyn.

Ojalá su nombre no termine convertido solamente en una noticia de septiembre.

Ojalá nos obligue a preguntarnos qué clase de ciudad queremos ser cuando vuelva a llover.

Porque volverá a llover.

Eso no podemos impedirlo.

Lo que sí podemos decidir es qué ciudad encontrará entonces la lluvia.

Una que haya olvidado.

O una que finalmente haya aprendido.

Que baje el agua.

Pero que no se nos seque la memoria.

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